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LA OPINIÓN CONTRARIA

#actualidad #politica #medioscomunicacion

15/07/2021
 
Es sencillamente triste y también preocupante apreciar el escenario político y el grado de crispación que se codea con el feed back de los medios de comunicación. Quizás más preocupante aún sea esa idea casi inquisidora de encasillarte bajo unas siglas o ignorar las opiniones que aun siendo contrarias no forman parte del problema, sino que pueden contribuir a la solución de éste o, al menos, al entendimiento entre las partes.

Obviamente existen posturas radicales en cuyo discurso no caben siquiera una coma o un punto ya que el intelecto se ha convertido en una amenaza para quién sólo busca la rendición a un ideario, exento de fórmulas o licencias del lenguaje que puedan permitir menoscabarlo. Aunque del lenguaje ya saben ustedes que hay un glosario de interpretaciones que apelan incluso a los diccionarios, se tergiversan las palabras, los contextos y lo que puede ser una afirmación termina convirtiéndose en un deseo, en un anhelo, o justo en lo contrario: ya de eso se encargan hábiles redactores o columnistas que bajo la hinchazón de su signo obvian el periodismo veraz, crítico y objetivo.

Tal es el volumen de información precocinada y la batalla de los medios que cuesta encontrar una sombra en la que guarecerse y disfrutar de un diálogo constructivo. Tan pronto surge la opinión contraria el primer impulso es el bloqueo, anular al rival, llevar el asunto a tu terreno.

¿Hemos desaprendido tanto que hemos dejado de aprender las bases esenciales de la comunicación?, ¿acaso la difamación construye puentes entre los hombres cuando la controversia puede ayudarnos a sanar nuestras heridas?, ¿dónde está el centro, ese valor medio que aún equidistante puede llevarnos a la reconciliación, a la enseñanza, a tener y valorar el punto opuesto como una bendición para el conocimiento?

¿Acaso no somos mejores cuando interpretamos la realidad con ojos contrarios y somos capaces de ver la línea opuesta del horizonte?, ¿por qué marcarnos un límite para entendernos?

Hoy parece que todo sigue el rumbo del encasillamiento y que la etiqueta es necesaria. Opinar se ha convertido en un riesgo en su propia acción, no por el hecho de hacerlo sino por la marabunta de disparates que puedes leer a renglón seguido. Y lo peor es que detrás de ello sólo hay intención por dañar o sumar puntos a una cuenta individual o colectiva donde escasean los argumentos y el juicio crítico. Ceder no debilita, acrecienta las posibilidades para hallar un lugar de encuentro y no empecinarnos en nuestras ideas como faros solitarios en la inmensidad del mar.

En todas las disciplinas puede haber magos del chiste, de la verborrea, manipuladores del plagio, dogmáticos, brujos y troles incansables: nada se escapa a esa fuerza brutal de empoderarse en un mundo sin razón a fuerza de razones débiles.

¿No va siendo ya hora de sacudir los extremos y encontrarnos en paz en nuestras diferencias?, ¿acaso es mejor el hombre que asiente al que duda?

No sé qué pensarán ustedes, pero ser diferentes nos permite no diferenciarnos sino encontrar nexos para la convivencia (obviamente cuando la diferencia no es un radical libre). Otra cuestión es que la convivencia le importe a alguien, que el apego al oír y al entendimiento muestre la facultad de conocer al otro y empatizar con él. No se trata de estar de acuerdo sino de intentar comprender que se puede pensar de modo diferente sin que eso deprecie nuestra convivencia. El problema radica en los extremos, en las actitudes arrogantes y prepotentes que se exhiben.

España dista entre los extremos y languidece con peligrosos silencios.

Quizás algunos prefieran afanarse a sus verdades absolutas, asentar su oligopolio de medias tintas y enraizar su mensaje en una tierra cada vez menos fecunda, menos dada al pensamiento y al conocimiento juicioso de cuánto nos rodea. Quizás esa dispersión y ese desorden disociativo contribuya a formar hombres más solos y tecnificados, una sociedad más regresiva en relaciones sociales y duraderas, una velocidad de crucero a toda máquina donde pararse a contemplar los estigmas de una flor pueda parecer ridículo, chocante para quién vive agitado en esa ruidosa coctelera.

Probablemente cada opinión contraria, opuesta nos parezca un desafío o una amenaza, aunque realmente estemos hechos de contrarios y de darle a la cabeza un giro en la efervescencia de nuestros pensamientos. ¿Por qué olvidar entonces la grandeza del desacuerdo?

El contrario no sólo nos ve y observa, postula también con el mundo y ejerce su derecho a congraciarse con él. Es legítimo pues ese discurso ya que todo el mundo amanece con esa secuencia y quizás la negación de ese otro sea el auténtico abismo, la contradicción de quien usa palabras altisonantes para eludir sus carencias.

Sugiero pues que vayamos al centro, a la condición de no vivir encarecidamente de nuestras certezas y contemplemos siempre al otro como parte de un trazado esencial en nuestra convivencia. Estoy convencido que desde esta óptica dejaremos de agitar permanentemente el avispero, se reducirá el ruido y, veremos, si cabe, una sociedad más moderada y justa. Restar sólo nos aporta sufrimiento.


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